Catas de vino negro. Comentarios acerbos acerca del arte de mirar & crónicas sobre el show de Mr. Zinovief.
viernes, octubre 31, 2003
jueves, octubre 23, 2003
viernes, octubre 17, 2003
Moscas de plástico en la casa de el Sr. Zinovief. Color morado lechoso unas y anaranjadas las otras. No sé si eran moscas o avispas o abejas o yo qué sé, en realidad. Pero eran insectos con alas parecidos a grandes moscas de día de halloween. Ya lo sé; no parece una actitud muy fría la de comprar moscas de juguete y acomodarlas sobre la mesa de la sala. Es inocente, en todo caso. Pero pienso que Zinovief no lo hace para reirse de nada. Tampoco, por supuesto, le interesa la decoración extrema. Creo que lo de él es como una reacción aprendida, como cuando tu mente sabe donde poner la mano para cachar una pelota de hule. Sólo sé que Zinovief ve la bolsa repleta de moscas y no puede hacer otra cosa sino comprarlas. Es algo incluído en su naturaleza. Y sé también que si no fueran moscas sino muñequitas de hule, o llaveros de resina, o legumbres de migajón con un imán para el refrigerador, igual los compraría.
miércoles, octubre 15, 2003
Yo no le deseo nada malo a Zinovief, en serio. Por eso me parece que su temor solo está fundado en su carácter obsesivo. Yo, además, soy del tipo melancólico, mientras que Mr. Zinovief es frío. Por eso es que se burla de mi sencillez. Pero a mi eso no me importa. Menos en el estado en el que me encuentro ahora. Es cierto que el dolor de cabeza nos hace maldecir a medio mundo, pero de eso a que yo pretenda joder a Zinovief hay un mundo de distancia. Eso es lo que él no entiende.
lunes, octubre 13, 2003
Cuenta que apenas el fin de semana, en un bar de la colonia Roma, sintió algo blando junto a su zapato. Cuando volteó se dió cuenta de que se trataba de la cabeza de un tipo que había caído, unos segundos antes, al piso. Está cruzado -supuso. Pero nadie lo supo -o lo quiso- decir. Todos intentaron ayudarle, sin embargo, y algunos lograron sacarle algunas palabras. Quería vomitar. Se lo llevaron al baño.
Recordó que una vez, en la embajada norteamericana, una mujer se derrumbó junto a él. Ambos estaban a punto de pasar a la vetanilla en la que se autorizan las visas. Es probable que la mujer hubiese dado un mal paso hacia atrás, olvidando que llevaba tacones. En unos segundos cinco policias estaban rodeándole a ella y a Zinovief, pensando lo peor. Zinovief se limitó a alejarse lentamente, como para dar a entender que él no había participado en nada. Ni siquiera en la ayuda. En ese momento cambió el número que indicaba que era su turno de pasar a la ventanilla. Se encaminó hacia ella con su mejor sonrisa.
Recordó que una vez, en la embajada norteamericana, una mujer se derrumbó junto a él. Ambos estaban a punto de pasar a la vetanilla en la que se autorizan las visas. Es probable que la mujer hubiese dado un mal paso hacia atrás, olvidando que llevaba tacones. En unos segundos cinco policias estaban rodeándole a ella y a Zinovief, pensando lo peor. Zinovief se limitó a alejarse lentamente, como para dar a entender que él no había participado en nada. Ni siquiera en la ayuda. En ese momento cambió el número que indicaba que era su turno de pasar a la ventanilla. Se encaminó hacia ella con su mejor sonrisa.
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